Olivero Garrido Catalá no ha dejado de darle orgullo a la ingeniería cubana. Este 11 de enero, Día del Ingeniero Cubano, recibió en su querido Holguín, sede del acto nacional por la fecha, el premio Conferencista Distinguido de las Américas, reconocimiento que otorga por segunda ocasión a un cubano la Conferencia Panamericana de Ingeniería.
En Gibara nació un boxeador frustrado, y valga la frustración para el bien de la ingeniería cubana. Valga también su padre, que con esa sapiencia “pedagógica” de antaño lo hizo entrar en razón y salir patilla en mano del primer cuadrilátero al que se subió. “Ahora que lo pienso bien, menos mal a mi papá, porque si no todavía yo estuviera dando piñazos por ahí”, comenta entre risas.
A sus 74 años de edad, Olivero Garrido Catalá no ha dejado de ser el ingeniero que siempre ha sido y será. La ingeniería se ha convertido en su filosofía de vida. Su mirada es una ecuación matemática que despeja cada detalle del medio que lo rodea, y mientras conversa, sus manos realizan el desmontaje gestual de cada oración que construye.
“Desde pequeño fui muy bueno en matemáticas, hacía cálculos muy rápido. Sabía que las ciencias eran lo mío. Me gustaba mucho la ingeniería naval, pero en la universidad de Santiago no se estudiaba y opté por la ingeniería química; sin embargo al mes de estar en la universidad descubrí que lo que me gustaba era la ingeniería mecánica y cambié de carrera”.
Olivero no escapa del “cliché” de muchos ingenieros, y acepta que las letras fueron en su formación docente la variable más difícil de despejar.
“En las letras era malísimo. Ufff, eso era un fenómeno. A la profesora de Español tenía que llevarle todos los días cien palabras repetidas para poder aprobar, porque era muy malo en ortografía”.
Sin embargo, la verdadera película de terror en su etapa estudiantil fue el inglés, asignatura a la cual nunca pudo encontrarle el subtitulaje.
“En el pre el inglés nunca lo aprendí, y cuando entré a la universidad lo desaprobé en cinco semestres. Tuve que hacer de tripas corazón para sacar en una semana esa asignatura, si no me sacaban de la carrera. Y para que veas, las materias más difíciles relacionadas con la ingeniería, como termodinámica, turbina, caldera y motores, las tenía con excelentes notas. Por poco me quemo estudiando inglés. Le tengo fobia. Fíjate si es así, que yo no me hice Doctor, porque cuando inicié el papeleo para el doctorado, exigían hacer un examen de inglés. Yo mismo me dije: Hasta aquí llegué”.
De su etapa de estudiante en la Universidad de Oriente, Olivero rememora los difíciles primeros años de la década del sesenta con aviones enemigos amenazando con bombardear y las trazadoras de los milicianos iluminando las noches para impedirlo. También, la terrible experiencia del paso del ciclón Flora y los estragos que causó.
“En 1968, un año antes de graduarme, la universidad se trasladó para los centrales. A mí me enviaron para el Central Guiteras. Nos dijeron van para el Capitolio, y yo pensé que era un hotel; cuando llegué era un almacén que se estaba cayendo. Allí me harté de comer “polvo lunar”; así le pusimos a una latica de leche que nos daban todos los días y que se convirtió en nuestro principal alimento.
“En el “Guiteras” me entregaron una metodología para el desarme de un tándem de azúcar que se iba a llevar para Cristino Naranjo y me di cuenta que lo habían hecho en el mismo orden del montaje, lo cual era imposible porque las piezas eran demasiado grandes para salir de esa forma; les demostré que tenían que empezar de atrás para adelante: lo último que se montó era lo primero que había que desmontar”.
Ese fue su primer acierto en la ingeniería, aún sin graduarse. Luego, vinieron muchos más. Los conocimientos del ingeniero Garrido caminaron por toda Cuba: en el montaje de una termoeléctrica, una planta de fertilizantes y una potabilizadora en Nuevitas; la organización de obra a una trituradora de piedra, un combinado de cerámica roja y un combinado lácteo, en Camagüey; la culminación y arranque de una fábrica de botella en Las Tunas…
Los checos le lanzaron el anzuelo más de una vez para hacer de sus conocimientos en la ingeniería un patrimonio privado. “Querían que renunciara y me fuera por mi cuenta para la India a trabajar con ellos en el montaje de una termoeléctrica. Por supuesto, les dije que no”.
En su natal Holguín, laboró en Moa, la termoeléctrica de Felton y cerró con broche de oro en la Empresa Constructora de Obras Ingenieras No. 9 (Ecoi 9) donde trabajó hasta su jubilación.
En mis tantos años de trabajo como jefe técnico he tenido que especializarme en todo, desde la ingeniería civil y arquitectura, hasta la eléctrica. Tuve que convertirme en un ingeniero integral, pues la parte técnica es fundamental en la organización y construcción de la obra. Hay que calcular todos los volúmenes que se van a ejecutar. Hoy se han perdido muchas cosas, como hacer las programaciones por ruta crítica; ya nadie quiere hacer eso y nadie lo aprende, y esa es la mejor forma en que se puede organizar una obra”.
La tranquilidad de la casa le generaba demasiada impaciencia a un hombre adicto a las leyes del movimiento y la dinámica. Olivero Garrido es de esas personas que necesita primero ser útil a los demás para sentirse útil consigo mismo.
“Me sentía mal sin trabajar y me abrieron un contrato en la Canec asesorando a los inversionistas, donde laboré cerca de 10 años. Allí tuve varios choques con la implementación de la Resolución 17 en algunas empresas”.
El ingeniero Garrido explica que existe un gran problema con la “17”, y es que no estimula solamente a la producción, sino que puede propiciar también a que queden mal las obras, porque en el caso de las empresas proyectistas, en su afán por ser más productivas, tratan de que el proyecto sea más costoso encarecen los proyectos para ser más rentables afectando la rentabilidad de los inversionistas.
En su lista de reconocimientos sobresale el Premio Nacional por la Vida y Obra en el 2000 y este 11 de enero, Día del Ingeniero Cubano, recibirá en su querido Holguín, sede del acto nacional por la fecha, el premio Conferencista Distinguido de las Américas, reconocimiento que otorga por segunda ocasión a un cubano la Conferencia Panamericana de Ingeniería.
“Creo que aún puedo dar mucho más. Ahora que no estoy trabajando dedico el tiempo a escribir las diferentes soluciones que yo he dado, para que alguien las lea y pueda encontrar algo productivo, desde el punto de vista profesional, en mis experiencias adquiridas. No puedo estar tranquilo, porque sin trabajar me siento mal”.
Olivero sonríe, y su sonrisa dibuja algo de picardía y remembranza. Me va a soltar algo “profético”, lo sé por su postura erguida y mano en mi hombro:“Ya tú ves, no me dejaron ser boxeador, pero en esto de la ingeniería, puedes estar seguro, que jamás voy a colgar los guantes”.